No sabría bien cómo empezar este texto, si hablando sobre el poder de una foto o si contando el amor que me une a Joan Manuel Serrat desde mis 8 años de edad o hablar sobre la perdurabilidad de los recuerdos que tan etéreos son.

Vamos a intentar narrar al menos en forma cronológica con riesgo siempre de que mi cabeza soslayadamente seleccione el mejor momento.
Un dia cercanos a mis 8 años llegó a mis manos casi azarosamente un disco de vinilo de Joan Manuel Serrat, con un Serrat monocromático, pero que contrastaba con un naranja intenso en su tapa del LP, era el disco “canción Infantil” del cantautor catalán.
Ese disco me enseñó más de lo que alguna vez pensó mi estimado Nano. Aprendí de poesía, de versos y de rima. También me enseñó cómo podía con sus palabras reordenarlas sobre alguna esquela de incierto destino.
Así con pasión fui conociendo más sobre este Serrat, sobre su trova y sus cantares. Y sin vergüenza alguna digo que ame siempre sus creaciones con delicado fanatismo.
Me acompañó toda la vida su música, como si fuera la misma banda de sonido de mis dichas y pesares.

Pero allá por el año 1994 cálculo, sucedió la magia.
Yo iba caminando por la Ciudad de Rosario, mas precisamente sobre calle Santa Fe, y al llegar a Calle Sarmiento se cruza el mítico Bar el Cairo. Como siempre uno husmea detrás de los cristales levemente empañados para ver si reconoce alguna mirada cómplice o una sonrisa que invite a compartir un buen café (mi divina adiccion, pero eso merece otro post.).

Pero bueno grata fue mi sorpresa cuando descubrí a un perfil fácilmente reconocible como el “negro” Fontanarrosa, pero mayor fue mi sorpresa cuando vi al NANO JOAN MANUEL SERRAT a su lado, que como errática jugada del destino, lo vi casi en segundo plano. Fueron dos minutos o dos horas, no recuerdo, el tiempo que estuve pensando en molestar al más grande de todos los tiempos para mi humilde pesar.

Y ahí fui, a sentirlo de cerca, a hablar, a saludar con respeto, pero con tantos nervios y no solo me atendió de forma excelente si no que me pregunto sobre mi carrera y sobre mi persona. No se si fue un minuto, dos segundo o una hora, lo que si se que me marcó más de lo que cualquier cicatriz pueda hacerte.
Solo recuerdo claramente un instante fugaz que vi un fotógrafo que nos sacó una foto, con un flashazo, que hasta sentí como las sales de plata formaban esa imágen en mi cabeza.
Luego de ese encuentro, reconstruí mil veces cómo sería esa foto, la pensé…tanto, tanto, tanto.
Quedo esa imagen ahí latente, de un fotógrafo oportuno y de un encuentro fortuito, que ahí, con esa latencia después de casi 30 años vuelve para darte un gancho directo a tus emociones, cuando hace unos días y en una helada tarde de domingo, entro al Bar El Cairo nuevamente y ahí debajo de un cristal, en la mesa de los galanes, y enmarcada por círculos de viejos café y resto de migas esta esa foto.

Esa foto que había sido tomada casi 30 años antes. Esa foto que me cuenta quien fui y me dice por que llegue a ser lo que soy. Esa foto que habla sin decir nada y cuenta mucho desde su espacio de 13 x 18. Ahí me estaba esperando como se espera a un amigo; es es el poder de una foto; trascender. Nada más fuerte que una foto para recordar si hasta yo siento que las fotos me pueden hablar. Como el destino me llevo a amar con tanta pasión como a la prosa del catalán a este profesión que hoy siento, con el deber de llevar los mejores recuerdos a cada casa.
Seguramente Joan Manuel nunca sabrá de esta historia. Pero quizás alguna foto le recuerde día a día, lo que fue, lo que es y lo que siempre será.

bar el cairo
el poder de una foto